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  • Mariana Piñeros Jiménez

Sangrar, nacer, morir



La mañana del 8 de marzo me desperté asustada, en medio de una cascada de sangre, sueños y emociones. Estaba estresada. Menstruando. Y las publicaciones sobre el día de la mujer me estaban taladrando tan profundo que había tenido pesadillas. Sueños oscuros.


Hablé con mis amigas, con mi amor, y me preguntaron si estaba bien. Les dije la verdad: sí y no. Tengo casa, comida, agua potable, ropa. En la puerta de mi casa no están explotando bombas. Tengo insumos para sangrar dignamente. Salud. Conexiones. Amor. Estoy bien. Más que bien. (No lo doy por sentado). Pero también tengo preguntas, ansiedades, cansancios. Muchos personales, privados. Otros corporales. Y otros sociales. Hay cosas que me duelen. Que me inquietan. Que me asustan al dormir.


Había amanecido con el corazón apretado. Con el caudal crecido. Quería escribir algo para el 8M. Aprovechar la fecha para hacerle un homenaje a las mujeres atravesadas por la guerra, la pobreza, las inequidades basadas en la raza, la discriminación por la orientación sexual o la expresión de género. Quería hacerle un altar a las migrantes, las trabajadoras sexuales y del hogar, las gordas, las indígenas.


No sabía cómo hacerlo. 


Hablar con mis personas queridas me hizo entender que podía atravesar la cascada escribiendo. Sus aguas me estaban invitando a escuchar el latido del cuerpo, la caída de la sangre, el pulso de la creación. Me estaban pidiendo abrazar la ambigüedad de las imágenes, su ritmo, y algo que es todavía, y sobre todo, una pregunta.


Mientras escribía, escuchando y transcribiendo las palabras que me dictaba mi útero, supe que en esa creación lunar, femenina, había lugar para todas las sensaciones que me atravesaban. Un lugar para la complejidad. Para la contradicción. Y descansé.


Cuando terminé, supe que quería compartir las imágenes que aparecieron, a manera de ofrenda.


Una ofrenda para las mujeres, que albergamos las contradicciones de la vida y la muerte en nuestros cuerpos.


***


8 de marzo:


Traigo en mis manos la ofrenda, la sangre. Cargo su fuente en mi vientre, rosa fértil. Mis lágrimas llueven sobre mi té de frutos rojos, y lo infusionan.


En mis entrañas no creció la vida. Nunca hubo dos pulsos. Aún así, siento la pérdida. El milagro doloroso del aborto mensual. 


Lloro las flechas que atravesaron ese pequeño corazón que no gesté.


Veo la piel tierna, recién existida, de las niñas muertas.

Su silencio. 

El silencio de la madre que las tuvo, y ahora busca en altamar los restos hundidos de su vida.

El silencio de la madre que no las tuvo, y busca dentro de sí misma la semilla no fecunda. 

El silencio de la tierra que las recibe al caer juntas, hoja y flor arrancadas en simultáneo.


Hay un balance paradójico en ese forcejeo entre la vida y la muerte durante el cual existimos.


La tierra me regala sus señales. Antiinflamatorias las bebidas de las hojas y las cortezas. Analgésicos los ungüentos de las raíces y las flores.


Me deshago como un templo antiguo, en un terremoto. 


Para reconstruirme, me tomo los tés, me unto los aceites y me amarro el abdomen, barril frágil. Pero las uvas ya me mancharon las comisuras de las uñas. Y el vino me dibujó figuras en las telas. 


Son un grito.

El futuro, que no hizo la pregunta dos veces.

El levantamiento de un campamento donde se amamantaban unos corderitos.

Un tronco erigido, clavado, golpeado hasta no poderse sacar, sobre el cual se construyó un muelle.

Una mujer que no soy yo, corriendo.

Una mujer que podría ser yo, acostada.


Quisiera escribir más claro, pero así me aparecen las palabras. No quiero ir a la marcha. Tengo crecida la cascada y su aliento me reta las raíces de todas mis acciones. 


Me encargaron los astros de cuidar de este pétalo frágil, de esta vida a destiempo, justo hoy.


Las manos del hombre que amo caen tiernas sobre mi corazón y sobre mi vientre. Y el sostén de mis amigas llega puntual, a mi puerta.


Siento en mí todos los nacimientos y todas las muertes.

Asisto a este funeral no escogido de mi útero.

Lloro lo que no fue y celebro 

el brutal descaro de la vida

de volver a empezar, a pesar de todo.


Quisiera estar comiendo guayabitas del Perú con mi mamá y mi abuela, tendida en el pasto. 


Quisiera recordar las historias que me enredan el corazón y las palabras. Tomar nota de los sueños. 


Olvidar cómo se siente ser mujer.


***


A veces las palabras dibujan curvas. Pero me rehúso a escribir de una forma que para mi cuerpo no sea natural. Que agrande el dolor.


Podría haber escrito una consigna. Un decálogo. Pero en el vientre se gesta algo más parecido a una oración. Así que digo:


Gracias a mis mujeres: a mi mamá, tías y abuelas, por el camino que me abrieron. 

A las mujeres que resistieron ―y resisten― en su intimidad y en las calles, por hacer posible el mundo que experimentamos. 

A las mujeres que sufren las consecuencias de las guerras y las inequidades sistémicas: mi amor está con ustedes.


Gracias a Paulina, Sara, y todas mis amigas, por haber sostenido este texto y ser las aliadas de estas preguntas.

A mi amor, Juan F, por su edición intuitiva y precisa, y el sanador regalo del equilibrio.

Y a la fuente misteriosa de la gran cascada a la que asisto cada vez que sangro, y cada vez que escribo.


PD: Les recomiendo tomarse un tiempo durante este mes de los feminismos para escribir escuchando sus cuerpos. Si lo hacen, ¡me encantaría leerles!


(Y ojalá lo hagan escuchando esta canción).




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